Hoy no quiero hablar como abogada. Hoy quiero hablar como mujer.
Quiero pronunciarme con respecto al caso de Naldy Saldaña. Más allá de cualquier investigación o proceso que corresponda, hay algo que jamás deberíamos normalizar: minimizar el sufrimiento de una persona.
Escuchar a alguien decir “intenta superarlo” a quien atraviesa una situación que ha afectado profundamente su tranquilidad e integridad es desconocer que el dolor no tiene un interruptor que se apaga cuando los demás lo deciden.
Hay experiencias que dejan huellas invisibles. Hay momentos que cambian la forma en la que una persona vuelve a sentirse segura. Y nadie tiene derecho a imponer el tiempo que debe tardar en recuperar esa tranquilidad.
Como mujer, me duele pensar que muchas veces el mayor peso no solo está en lo ocurrido, sino también en la indiferencia, las dudas y la soledad que pueden venir después. Por eso, expreso toda mi solidaridad con Naldy Saldaña y con todas las personas que, en algún momento de sus vidas, han sentido que su voz fue minimizada cuando más necesitaban ser escuchadas.
Ojalá este caso nos haga reflexionar.
Antes de juzgar, escuchemos.
Antes de minimizar, acompañemos.
Antes de exigir fortaleza, recordemos que la peor parte de una situación como esta no siempre termina cuando los hechos acaban; muchas veces comienza cuando la sociedad espera que una persona simplemente continúe como si nada hubiera pasado.
La justicia determinará las responsabilidades que correspondan. Pero el respeto por la dignidad humana no debería depender de una sentencia.
Que este caso nos recuerde que la empatía nunca debilita a una sociedad; por el contrario, la hace más humana.
Nadia Tarazona.